Cultivar_35_Olival_Azeite

22 CADERNOS DE ANÁLISE E PROSPETIVA CULTIVAR N.º 35 Olival e azeite Desde una perspectiva histórica, este avance ha estado acompañado de una profunda transformación estructural del olivar. A comienzos de la década de 1980, la superficie mundial se situaba en torno a los 7,5 millones de hectáreas, mayoritariamente en régimen de secano y concentrada en los países mediterráneos. En la actualidad, el cultivo se aproxima a los 11,5 millones de hectáreas distribuidas en los cinco continentes. Esta expansión no solo responde al aumento de la demanda internacional, sino también a la adopción de nuevos modelos productivos, incluidos sistemas intensivos y superintensivos y a un proceso de modernización tecnológica sin precedentes. La mecanización de la recolección, la digitalización del riego, la mejora genética varietal y la innovación en las almazaras han transformado un cultivo tradicional en una actividad altamente tecnificada, eficiente y orientada a la calidad diferenciada. Sin perjuicio de esta evolución positiva, la producción continúa concentrándose principalmente en la cuenca mediterránea, con un liderazgo destacado de España como primer productor mundial, acompañada por Italia, Grecia, Portugal, Turquía y Túnez, que desempeñan un papel clave en la oferta global. Esta sólida base estructural no elimina uno de los principales retos del sector: su elevada exposición a los factores climáticos. Las condiciones adversas registradas recientemente provocaron una contracción significativa de la producción mundial, que pasó de 3,41 millones de toneladas en 2021/22 a 2,76 millones en 2022/23, lo que representa una caída cercana al 22 %. Esta reducción alteró de forma inmediata el equilibrio del mercado y desencadenó fuertes tensiones en los precios. Hay que señalar que nunca se había registrado una disminución de la producción mundial de aceite de oliva en dos campañas consecutivas, tal y como hemos observado en las campañas 2022/23 y 2023/24. En paralelo, el consumo mundial tampoco evolucionó de manera uniforme. Por una parte, como consecuencia de la pandemia del COVID, observamos un mayor interés del consumidor por cuidar su salud y un incremento del consumo mundial de aceite de oliva, principalmente en los mercados no tradicionales. Por otra, tuvo que adaptarse a la caída de la producción de aceite y durante las campañas 2022/23, el consumo estimado descendió por debajo de los 3 millones de toneladas. La menor disponibilidad de producto elevó los precios hasta niveles históricamente altos y generó una respuesta moderadora de la demanda, especialmente en aquellos mercados más sensibles al precio y donde el aceite de oliva constituye un producto tradicional de consumo diario. Con todo, la recuperación productiva iniciada en 2024/25, con un volumen incluso superior a los 3,5 millones de toneladas y una relativa moderación de los precios, ha impulsado nuevamente el consumo por encima de los 3,2 millones de toneladas, con perspectivas de consolidación en 2025/26. Así, aunque la volatilidad coyuntural sigue siendo un desafío relevante, la tendencia estructural del sector continúa siendo expansiva, sustentada en fundamentos sólidos de demanda, modernización productiva y posicionamiento internacional. Calidad, diferenciación y crecimiento en los segmentos de mayor valor del mercado La segunda gran dinámica que define la evolución reciente del sector es el incremento sostenido del valor medio por tonelada exportada. Este fenómeno responde, en parte, a la escasez relativa provocada por menores producciones en determinadas campañas, pero también a una transformación más profunda de la demanda internacional. El mercado internacional no solo compra mayoritariamente la categoría aceite de oliva virgen extra (AOVE), un auténtico zumo de fruta que nada tiene que ver con otros aceites vegetales, sino que además exige mayor calidad, diferenciación y atributos intangibles asociados al producto. Como resultado, la revalorización del AOVE ha reforzado su posicionamiento como bien de alto valor añadido dentro del comercio agroalimentario global. En este contexto, el creciente interés por los hábitos de vida saludables desempeña un papel determinante. La consolidación de la dieta mediterránea como modelo alimentario de referencia internacional, asociada a beneficios cardiovasculares y a un elevado contenido en antioxidantes, ha fortalecido la percepción del AOVE como un alimento no sólo delicioso, sino también funcional y preventivo. Esta dimensión saludable no solo impulsa el consumo, sino que favorece la creación de valor y unos precios superiores en comparación con otros aceites vegetales. Paralelamente, se observa una evolución clara hacia productos de mayor valor añadido. Los consumidores muestran un interés creciente por referencias premium, ecológicas y con certificación de origen, lo que favorece estrategias de diferenciación basadas en la calidad, la autenticidad y el vínculo territorial. Las denominaciones de origen y los sellos de calidad se han convertido en instrumentos clave para generar confianza, aportar transparencia y justificar un posicionamiento en segmentos de precio más elevados. A ello se suma la diversificación de usos del aceite de oliva más allá del ámbito estrictamente culinario. Su incorporación a la industria cosmética y farmacéutica, gracias a sus

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